O peor —y esta vez no fue la imaginación, sino la memoria la que suministró la visión—, una ruina como los Llanos Occidentales más allá del Gray River, a menos de seiscientas millas de aquí. No tan lejos para él, que había recorrido la distancia a pie o a caballo una docena de veces, pero a inmensa distancia para los horizontes de estos lugareños. Millas interminables de llanura desnuda, tan devastada que ni siquiera las rocas podían aguantar y se desmoronaban en polvo gris. Cruzar esa vasta llaga extraía la esencia del cuerpo, al igual que un desierto resecaba la boca, y demorarse allí era igualmente letal. Mil años de escasas lluvias acababan de empezar a modelar los Llanos en algo parecido a un paisaje de nuevo. Ver las verdes tierras onduladas de esa muchacha arrasadas así…

No si puedo evitarlo, Chispita.

Dudaba que se volvieran a encontrar, o que ella supiera lo que los extraños clientes de su ¿madre? iban a intentar hacer por ella y los suyos. Aun así, no podía echarle a ella las culpas de su cansancio por esta tarea interminable. La gente del campo que entendía sólo en parte los métodos lo llamaba magia negra, necromancia, y se apartaba de los patrulleros por las calles. Pero aceptaban igualmente el regalo de seguridad que se les hacía. De modo que de nuevo, otra vez, compraremos la muerte de esta malicia con la de uno de los nuestros.

Pero no más de uno, no si él podía evitarlo.

Dag golpeó con los talones los costados de su montura y galopó en pos de su patrulla.

La granjera miró pensativa mientras Fawn recogía su hatillo, apretaba las correas, y se lo echaba nuevamente al hombro.

—Hay casi un día de cabalgada hasta Glassforge desde aquí —señaló—. Más si vas andando. Es posible que te pase algo malo en el camino.

—Está bien —dijo Fawn—. No he tenido problemas para encontrar sitios donde dormir.



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