
—Yo vigilo a Razi y Utau. Mari nos tiene a todos en la cabeza, tú no tienes que hacerlo. Sólo tienes que vigilarme a mí —se deslizó tras el joven y le asió el hombro derecho, masajeando. Deseó poder hacerlo en los dos lados a la vez, pero su toque pareció bastar; la tensión brillante empezó a desvanecerse en Saun, tanto en el cuerpo como en la mente—. Bájalo. Bájalo. Así. Mejor. —Y tras un momento—. Lo harás bien.
Dag no tenía ni idea de si Saun lo iba a hacer bien o desastrosamente, pero Saun evidentemente le creyó, con aterradora seriedad; la brillante ansiedad se atenuó aún más.
—Además —añadió Dag—, no llueve. No podemos tener un desastre sin lluvia. Es obligatoria, en mi experiencia. De modo que todo va bien. —Un mal chiste, pero en esas circunstancias funcionó; Saun soltó una risita.
Soltó al muchacho, y siguieron trepando.
—¿Está ahí la malicia? —murmuró Saun.
Dag se detuvo de nuevo, inclinándose en las sombras para coger con el garfio una planta a su izquierda. La sostuvo bajo la nariz de Saun.
—¿Ves esto?
La cabeza de Saun retrocedió con una sacudida.
—Es hiedra venenosa. Quítamela de la cara.
—Si estuviéramos cerca de la guarida de la malicia, ni siquiera la hiedra venenosa seguiría viva. Aunque admito que sería de las últimas en morir. Ésta no es la guarida.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí?
Tras ellos, Dag podía oír a los hombres de Glassforge coronar la cresta y empezar a bajar por el barranco por el que él y la patrulla estaban trepando. La segunda oleada. Ni siquiera Saun se las arreglaba para armar tanto ruido. Mejor que Mari atacara antes de que sus ayudantes cubrieran la distancia que les separaba, o no habría sorpresa.
—Chato cree que el grupo de ladrones ha sido infiltrado, o peor, corrompido. Si cogemos a un hombre de barro, nos llevará a su creadora.
—¿Los hombres de barro tienen sentido esencial?
