
—Algunos. Si una malicia atrapa a alguno de nosotros, lo toma todo. El sentido esencial. Métodos y habilidades con las armas. La localización de nuestros campamentos… Probablemente el primer humano que cogió fue un bandido, intentando esconderse en las colinas, y por eso hace lo que está haciendo. Ninguno de los nuestros ha desaparecido, de modo que todavía tenemos ventaja. Un patrullero no deja que una malicia lo coja vivo si puede evitarlo —o a su compañero. Eran suficientes lecciones para una noche—. Trepa.
Se agacharon al llegar a la cresta.
Saun montó hábilmente el arco. Con menos habilidad pero igual rapidez, Dag sacó y montó el suyo, más corto, adaptado. Se quitó el garfio enroscado a la muñequera de madera sujeta al muñón de su muñeca izquierda, y lo sustituyó por la base del arco. Lo ajustó bien, aseguró, el cierre, y metió el garfio en la bolsa de su cinturón. Soltó la correa que cerraba la vaina y se aseguró de que su gran cuchillo se pudiera desenvainar suavemente. Era apenas un poco más incómodo de lo que habría sido llevar el arco en la mano izquierda, y ahora al menos no podía dejarlo caer.
En el fondo del barranco, Dag podía ver el claro a través de los árboles: tres o cuatro mortecinos fuegos de campamento, tiendas, una vieja cabaña con la mitad del techo hundida. Bultos de hombres tendidos en mantas, como abrojos rozando su sentido esencial. Los leves destellos de un guardia, despierto en el bosque, y de alguien volviendo de la trinchera. Los borrones soñolientos de unos cuantos caballos trabados un poco más lejos. Palabras de los sentidos del cuerpo, para algo que sus ojos no podían ver, ni su mano tocar. Quizá veinticinco hombres en total, contra los dieciséis de la patrulla y la docena de voluntarios de Glassforge. Empezó a estudiar los fogonazos de vida, buscando cosas con forma de hombre que… no lo fueran.
Se oían los sonidos nocturnos del bosque: el croar de las ranas arbóreas, el chirrido de los grillos, el zumbido de otros insectos sin identificar.
