
Entonces, demasiado pronto, sonó un aullido sobresaltado lejos a su derecha, en el círculo de patrulleros. Gemidos, gritos, el resonar de metal contra metal. El campamento se agitó. Ya está, allá vamos.
—Más cerca —dijo secamente Dag a Saun, y se adelantó deslizándose pendiente abajo para disminuir la distancia.
Para cuando hubo reducido la distancia a apenas veinte pasos y encontró un hueco entre los árboles por el que disparar, sus objetivos estaban levantándose servicialmente. Más lejos aún a su derecha, una flecha incendiaria trazó un alto arco y cayó sobre una tienda; en pocos minutos, podría incluso ver a qué disparaba.
Dag dejó que tanto el miedo como la esperanza se desvanecieran de su mente, junto a la inquietud por la naturaleza interna de aquello a lo que se enfrentaban. Sólo eran objetivos. Uno a uno. Ése. Y ése. Y en la confusión de sombras parpadeantes…
Dag soltó otra flecha, y se vio recompensado por un gañido a lo lejos. No tenía idea de a qué había acertado ni dónde, pero lo que fuera se movería más despacio ahora. Se detuvo a observar, y le satisfizo ver que la siguiente flecha de Saun también se desvanecía en la oscuridad más allá de la cabaña y devolvía un carnoso thunk que pudieron escuchar desde donde estaban. A su alrededor, por los bosques, la patrulla ardía de excitación; en un momento, su cabeza estaría tan llena de ellos como la de Mari, si no se controlaban.
La ventaja de los veinte pasos es que era una distancia buena, corta, rápida para disparar. La desventaja era el poco tiempo que les costaba a tus objetivos llegar a tu posición…
