Dag maldijo cuando tres o cuatro grandes siluetas se les echaron encima desde la oscuridad. Bajó el brazo del arco y sacó su cuchillo. Echando un vistazo a la derecha, vio a Saun sacar su larga espada, asestar un mandoble, y descubrir que una hoja larga que daba gran ventaja a caballo se veía muy entorpecida en un bosque espeso.

—¡No puedes cortar cabezas aquí! —gritó Dag por encima del hombro—. ¡Tienes que dar estocadas! —gruñó mientras doblaba el brazo con el arco y hundía su hombro en el atacante más cercano, arrojando al hombre colina abajo.

Detuvo una hoja que parecía venir de la nada con la guarda de bronce de su empuñadura, y con un chirrido estremecedor de metal contra metal se acercó para asestar un buen rodillazo a la entrepierna. Estos hombres se creerían bandidos, pero aún luchaban como granjeros.

Saun levantó la pierna y la usó de palanca para liberar su hoja de un objetivo; el grito del hombre se ahogó en su garganta, y el acero al retirarse hizo un feo sonido de succión. Saun siguió a Dag hacia el campamento de los bandidos. Razi y Utau, a su derecha e izquierda, les seguían, acercándose a medida que descendían, cerniéndose como halcones.

En el claro, Saun volvió a sus mandobles favoritos. Que eran espectacularmente sangrientos cuando conectaban, y le dejaban totalmente desprotegido cuando no. Un objetivo consiguió agacharse, y se incorporó blandiendo una maza de mango largo y cabeza de hierro. El ruido de calabaza rota que hizo al golpear el pecho de Saun revolvió el estómago de Dag. Dag saltó dentro del letal radio del objetivo, lo aferró con el brazo del arco, y le apuñaló. Horrores húmedos se derramaron sobre su mano; retorció el cuchillo y empujó al objetivo para liberarlo. Saun yacía de espaldas, retorciéndose, con la cara oscureciéndose.

—¡Utau! ¡Cúbrenos! —gritó Dag; Utau, jadeando, asintió y asumió una posición defensiva, con la hoja lista.



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