
Dag se agachó junto a Saun, soltó el cierre del arco y lo dejó caer, y puso la cabeza de Saun en su regazo, deslizando su mano derecha sobre la zona del golpe.
Costillas rotas y respiración entrecortada, corazón detenido por el golpe. Dag permitió a su sentido esencial, que había extinguido casi del todo para bloquear la agonía de sus objetivos, emerger por completo, y lo hizo fluir hacia el chico. El dolor fue inmenso. Primero el corazón. Se concentró allí. Una unión peligrosa, si los órganos así uncidos decidían detenerse ambos en lugar de funcionar. La sensación ardiente y pesada en su pecho era reflejo de la del muchacho. Vamos, Saun, baila conmigo… Un aleteo, un tartamudeo, un latido maltrecho. Más fuerte. Ahora los pulmones. Una bocanada, dos, tres, y el pecho se alzó de nuevo, otra vez, y finalmente se estabilizó en sincronía. Bien, así, ahora el corazón y los pulmones seguirían solos.
La reverberación ensordecedora de las muertes de los objetivos de Saun todavía se agitaba en el organismo del chico, mal bloqueada. Mari tendría trabajo con eso, luego. Odio pelear contra humanos. Con pena, Dag dejó que el dolor fluyera de vuelta a su fuente. El muchacho caminaría doblado en dos durante un mes, pero viviría.
El mundo volvió a sus sentidos. Alrededor del claro, los bandidos empezaban a rendirse a medida que los hombres de Glassforge irrumpían gritando desde los bosques. Dag cogió su arco y se puso en pie, mirando alrededor. Más allá de la tienda ardiente vio a Mari. ¡Dag!, su boca se movió, pero el grito se perdió entre el ruido. Alzó dos dedos, señaló con ellos al lado opuesto del claro, y los golpeó contra su brazal. Dag giró la cabeza.
Dos bandidos habían roto el perímetro y se alejaban corriendo. Dag agitó su arco en señal de que había entendido y gritó a su enlace de la izquierda:
—¡Utau! ¿Te llevas a Saun?
