Utau hizo un gesto aceptando al herido compañero de Dag. Dag dio la vuelta para perseguirlos, intentando reajustarse el arco mientras corría. Para cuando lo consiguió, ya estaba más allá de la luz de los fuegos. Más cerca…

El caballo casi le derribó; saltó a un lado apenas un instante antes de ser arrollado. Ambos fugitivos iban montados, un hombre grande delante y uno enorme detrás.

No. El segundo no era un hombre.

Mareado por la excitación, la persecución, y las consecuencias de la herida de Saun, Dag se inclinó un momento, luchando por controlar su respiración. Su mano se alzó para comprobar la funda de los cuchillos gemelos que colgaba bajo su camisa, un bulto tranquilizador contra su pecho. Murmullo oscuro, cálido, mortal. Hombre de barro. Te tenemos. Tú y tu creadora sois nuestros…

Detestaba rastrear a caballo, pero no iba a alcanzarles a pie, ni siquiera con la doble carga. Se calmó de nuevo, abajo, abajo, ¡nuestros!, abajo, maldita sea, y llamó a su caballo. A Mocasín le llevaría varios minutos atravesar los bosques desde el escondido punto de reunión de la patrulla. Se arrodilló y se sacó, de nuevo el arco, lo desmontó y lo guardó, y buscó la más útil de sus manos postizas, un sencillo garfio con una lengua plana de metal flexible sujeta a su curva externa que podía actuar como una pinza. Sacando un palito empapado en resina de la caja de lata del bolsillo de su chaleco, la colocó en la pinza y la encendió. Mientras ardía la llama, gateó arriba y abajo estudiando las pisadas. Cuando estuvo seguro de poder reconocerlas, se incorporó.

Su presa casi había atravesado el límite de su sentido esencial para cuando su montura llegó, bufando, y Dag subió a la silla. Donde iba un caballo, otro podía seguir, ¿verdad? Espoleó a Mocasín tras ellos a una velocidad que hubiera hecho que Mari le cubriera de insultos por arriesgar su tonto cuello en la oscuridad. Míos.



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