
Fawn avanzaba con dificultades.
Ahora que dejaba las llanuras y entraba en las colinas del sudeste, la carretera recta no era tan llana como lo había sido desde Lumpton, ni tan recta. Sus suaves pendientes y curvas estaban intercaladas con extrañas cuestas a través de estrechos barrancos que cortaban la roca, o con bajadas por pontones de madera que reemplazaban puentes de piedra derruidos cuyos restos yacían como huesos viejos entre dos puntos imposibles de cruzar de un salto. El camino esquivaba torpemente viejas avalanchas, o mojaba sus pies y los de ella en torrenteras.
Fawn se preguntó cuándo llegaría por fin a Glassforge. No podía estar mucho más lejos, aunque hubiera ido lenta esa mañana. El último trozo de pan bueno no le había sentado mal, al menos. El día amenazaba volverse cálido y pegajoso más tarde. Aquí la carretera estaba agradablemente en sombra, con bosques a ambos lados.
Hasta el momento esa mañana había pasado un carro de granjeros, una caravana de mulas, y un pequeño rebaño de ovejas, todos yendo en dirección contraria. No había encontrado a nadie más durante casi una hora. Ahora alzó la vista y vio un caballo yendo hacia ella, a cierta distancia por la carretera. También yendo en dirección contraria, por desgracia. Se apartó cuando se acercó. No sólo iba hacia el norte, sino que además llevaba dos jinetes. Montaban a pelo. El animal avanzaba con dificultades, casi tan cansado como Fawn, su pelaje marrón sin cepillar manchado de costras saladas de sudor seco, con abrojos enredados en las crines y cola negras.
Los jinetes parecían tan cansados y maltrechos como el caballo. Un hombre grande que no parecía mucho mayor que ella montaba delante, con chaqueta arrugada y barba incipiente. Tras él se agarraba su compañero, más grande. El segundo hombre tenía rasgos bulbosos, largas uñas sin cortar tan llenas de mugre que parecían negras, y expresión vacua. Sus ropas eran demasiado pequeñas y parecía llevarlas como si fueran una ocurrencia de última hora: una camisa raída abierta, arremangada, pantalones que no llegaban a la caña de sus botas.
