Era difícil adivinar su edad. Fawn se preguntó si sería un idiota. Ambos parecían volver a casa tras una noche de borrachera, o peor. El joven llevaba un gran cuchillo de caza, aunque el otro parecía desarmado. Fawn pasó de largo con una breve inclinación de cabeza, sin saludarles, aunque por el rabillo del ojo vio que las cabezas de ambos se giraron. Siguió caminando, sin mirar atrás.

El ruido decreciente de los cascos se detuvo. Ella arriesgó una mirada por encima del hombro. Los dos hombres parecían discutir, con voces demasiado bajas para que ella pudiera entenderles, excepto un repetido «¡Ama quiere!», en tonos acuciantes por parte del idiota y un arisco e irritado «¿Por qué?» del otro. Ella bajó la cara y aceleró el paso. Los cascos sonaron de nuevo, pero en lugar de alejarse, se hicieron más fuertes.

El animal se puso a su lado.

—Buenos días —dijo el más joven en un tono que quería ser alegre.

Fawn miró hacia arriba. Él se dio un amable tironcillo del pelo rubio, pero su sonrisa no llegó a sus ojos. El idiota sólo la miraba, tenso.

Fawn combinó una cortés inclinación de cabeza con un ceño fruncido, empezando a pensar Por favor, que venga un carro. Vacas. Otros jinetes, cualquier cosa. No me importa en qué dirección.

—¿Vas a Glassforge? —preguntó él.

—Me esperan —dijo ella secamente. Marchaos. Daos la vuelta y marchaos.

—¿Familia allí?

—Sí. —Sopesó si inventarse algunos enormes hermanos y tíos en Glassforge, o sólo recolocar a los de verdad. La plaga de su vida, y casi deseaba tenerlos aquí ahora.

El idiota golpeó a su amigo en el hombro, con mala cara.

—No habla. Sólo coge —su voz salió indistinta, como si su boca tuviera la forma incorrecta por dentro.

Un carro de estiércol sería maravilloso. Uno con mucha gente encima, mejor.



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