—Pues hazlo tú —saltó el hombre joven.

El idiota se encogió de hombros y se deslizó desde la grupa del caballo. Aterrizó con más limpieza de lo que Fawn esperaba. Ella apretó el paso; cuando él rodeó el caballo hacia ella, echó a correr frenéticamente.

Los árboles no ayudarían. Cualquier cosa a la que ella pudiera trepar, él también podría. Para desaparecer de su vista el tiempo suficiente como para esconderse en los bosques, tendría que sacar a su perseguidor una ventaja imposible. ¿Podría mantener la distancia hasta que ocurriera un milagro, tal como alguien cabalgando por aquella curva de delante?

Se movía más rápido de lo que había supuesto para un hombre de su tamaño. Antes de su tercer paso o respiración, unas manos enormes se cerraron en torno a sus brazos y la alzaron en el aire, todavía moviendo los pies. A esa distancia ella vio que sus uñas no estaban sucias, sino que eran completamente negras, como garras. Se le clavaron a través de la chaqueta cuando la hizo girar.

Gritó tan alto como pudo:

—¡Dejadme en paz! ¡Soltadme! —seguido de alaridos que le destrozaron la garganta.

Pateó y luchó con todas sus fuerzas. Era como luchar contra un roble, y con los mismos resultados.

—Ves, ahora está toda alterada —dijo el joven, disgustado. Él también se bajó del caballo, se quedó un momento mirando, y se sacó la cuerda que le sujetaba los pantalones—. Tendremos que atarle las manos. A menos que quieras que te saque los ojos.

Buena idea. Fawn lo intentó. Fue inútil: las manos del idiota siguieron sujetándole las muñecas, tensas sobre la cabeza. Se retorció y mordió un brazo desnudo y peludo. La piel del gigantón tenía un peculiar olor y sabor, como a pelo de gato, no tan horrible como había esperado. Su satisfacción cuando hizo sangre duró poco; la hizo girar y, aun sin mostrar emoción alguna, le dio un bofetón que le echó atrás la cabeza y la tiró al suelo, con sombras negras y púrpuras bailando en su campo de visión.



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