
Lo de los ladrones no eran buenas noticias. Aun así, era un peligro concreto. Cualquier tonto sabía que no había que acercarse. Cuando Fawn empezó su desgraciado viaje seis días atrás, había viajado en carros cuando pudo, en cuanto se alejó de casa lo bastante para no arriesgarse a encontrar a alguien que la conociera. Todo había ido bien hasta aquel tipo que había dicho cosas que la habían hecho sentirse muy incómoda, y que acto seguido la manoseó y toqueteó. Fawn había conseguido liberarse, y el hombre no había querido abandonar su carro y su inquieto tiro para seguirla, pero en otras circunstancias quizá no hubiera sido tan afortunada. Después de aquello, se había escondido de los carros que pasaban hasta asegurarse de que llevaban a bordo una mujer o una familia.
Los bocados de pan ya le estaban asentando el estómago. Puso el pozal en el banco y tomó el cazo de madera que la mujer le alargó. El agua sabía a hierro y a huevos viejos, pero era clara y estaba fría. Mejor. Descansaría un poco en este banco, a la sombra, y quizá por la tarde cubriría más distancia.
Desde la carretera al norte sonaron cascos de caballo y tintinear de arneses. Ningún crujido ni gemido de ruedas, pero sí muchos cascos. La granjera alzó la vista, entrecerrando los ojos, y cogió la cuerda atada al badajo de la campana.
—Niña —dijo—, ¿ves esos manzanos viejos al lado de la explanada? ¿Por qué no vas y te subes a uno y esperas en silencio hasta que veamos qué es esto, eh?
Fawn pensó varias respuestas, pero se decidió por un «Sí, señora». Empezó a atravesar la explanada, se volvió, cogió su hogaza, y luego trotó hacia el pequeño huerto. El árbol más cercano tenía unos tablones clavados en el tronco como una escalera, y subió por ellos rápidamente entre ramas cubiertas de hojas y pequeñas y duras manzanas verdes. Su vestido estaba teñido de un azul apagado, su chaqueta era marrón; se confundiría con las sombras aquí igual de bien que a la orilla del camino. Se apoyó contra una rama, escondió las manos pálidas y bajó la cara, sacudió la cabeza, y atisbo entre la cascada de rizos negros que caía sobre su frente.
