—¡Sé quién eres! —dijo ella súbitamente—. ¡Eres el Andalagos patrullero que vi en la casa del pozo!

Dag parpadeó, y parpadeó otra vez, y dejó que su sentido esencial, protegido del golpe de esta muerte, emergiera de nuevo. Ella llameó en su percepción.

—¡Chispita! ¿Qué estás haciendo tan lejos de tu granja?

Capítulo 3

El alto patrullero miraba a Fawn como si la reconociera. Ella arrugó la nariz, confusa, sin entender sus palabras. A esta distancia y ángulo, pudo ver por fin el color de sus ojos, que resultaron ser de un inesperado tono dorado metálico. Parecían muy brillantes en su cara huesuda, contra la piel bronceada de su rostro y su mano. Varios arañazos marcaban sus mejillas, frente y mandíbula, la mayoría sólo enrojecidos pero algunos sangrando. Yo he hecho eso, ay madre.

Más lejos, el cuerpo de su potencial violador yacía sobre las desgastadas rocas de la orilla del arroyo. Un poco de su sangre, aún líquida, goteaba en la corriente, desapareciendo en el agua clara en finos hilos rojos que se diluían a rosa y desaparecían. Había estado ardiente, densa, aterradoramente vivo hacía sólo unos minutos, cuando había deseado su muerte. Ahora que veía cumplido su deseo, no estaba segura.

—Yo… Lo… —empezó, moviendo la mano insegura para indicar, bueno, todo, y luego estalló—: Siento haberte arañado. No sabía qué pasaba —luego añadió—: Me asustaste.

Creo que he perdido la cabeza.

Una sonrisa indecisa curvó los labios del patrullero, haciéndole parecer por un momento como otra persona. No tan… amenazador.

—Estaba intentando asustar al otro tipo.

—Funcionó —admitió ella, y la sonrisa se afianzó brevemente antes de huir de nuevo.

Él se palpó la cara, miró los rastros rojos en las puntas de sus dedos como sorprendido, luego se encogió de hombros y la miró. El peso de su interés le resultó chocante, como si nadie en toda su vida la hubiera mirado antes, mirado de verdad; en su actual y tembloroso estado, no era una sensación agradable.



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