—¿Estás bien… dentro de todo? —preguntó él gravemente. Su mano derecha trazó un gesto interrogativo. La otra la mantenía al costado, con el corto y poderoso arco mantenido en ángulo por su pierna—. Aparte de la cara.

—¿Mi cara? —Sus dedos trémulos rozaron la zona donde el idiota la había golpeado. Aún un poco dormida, pero empezaba a doler—. ¿Se nota?

Él asintió.

—Oh.

—Esos arañazos no tienen buen aspecto. Tengo algo en mis alforjas para limpiarlos. Ven, vámonos, ven a sentarte, hum… lejos.

De eso. Miró el cadáver y tragó saliva.

—Muy bien —y añadió—: Estoy bien. Dejaré de temblar dentro de un minuto, seguro. Soy una estúpida.

Con la mano abierta, no acercándose nunca a menos de tres pasos de ella, la guió hacia el claro como alguien pastoreando patos. Señaló a un leño caído, fuera de la zona de su reciente pelea y fue hacia su caballo, un esbelto castaño que ramoneaba tranquilamente las hierbas, con las riendas colgando. Ella se dejó caer pesadamente y se dobló en dos, abrazándose, meciéndose un poco. Tenía la garganta en carne viva, le dolía el estómago, y aunque ya no jadeaba, aún sentía que no podía recuperar el aliento, o que lo había recuperado pero sin ritmo.

El patrullero dio la espalda deliberadamente a Fawn, hizo algo para desmontar su arco, y rebuscó en sus alforjas. Más ajustes de algún tipo. Se volvió de nuevo, echándose al hombro la correa de una cantimplora, y con un par de paquetes envueltos en tela bajo el brazo izquierdo. Fawn parpadeó, porque parecía haber recuperado de súbito la mano izquierda, rígidamente curvada en un guante de cuero.

Se sentó junto a ella con un gruñido de cansancio, dispuso las largas piernas. A esta distancia olía, no desagradablemente, a sudor seco, humo, caballo, y fatiga. Dejó los paquetes y le alargó la botella.



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