—Primero, bebe.

Ella asintió. El agua estaba tibia e insípida pero parecía pura.

—Come —le alargó un trozo de pan del paquete de tela.

—No puedo.

—No, en serio. Dará a tu cuerpo algo que hacer aparte de temblar. Los cuerpos son fáciles de distraer. Inténtalo.

Dudosa, tomó el pan y lo mordisqueó. Era muy buen pan, aunque ya un poco seco, y le pareció reconocer su origen. Tuvo que tomar otro sorbo de agua para bajarlo, pero sus incontrolados temblores se redujeron. Miró la rígida mano izquierda mientras él abría el segundo paquete, y decidió que debía ser de madera tallada, para disimular.

Él humedeció un trozo de tela con líquido de una botella pequeña (¿medicina de los Andalagos?), y levantó la mano derecha hacia su dolorida mejilla izquierda. Ella dio un respingo, aunque el fresco líquido no escocía.

—Lo siento. No quiero dejarlos sin limpiar.

—No. Sí. Quiero decir, bien. Está bien. Creo que el idiota me arañó cuando me pegó —garras. Eso habían sido garras, no uñas. ¿Qué tipo de nacimiento monstruoso…?

Él apretó los labios, pero su toque se mantuvo firme.

—Lamento no haber llegado antes, señorita. Vi que había pasado algo atrás en la carretera. He estado siguiendo a esos dos toda la noche. Mi patrulla atacó el campamento de su banda un par de horas después de medianoche, en las colinas al otro lado de Glassforge. Me temo que los llevé directos hacia ti.

Ella movió la cabeza, sin negarlo.

—Yo iba por la carretera. Simplemente me cogieron como quien coge una… cosa perdida, y la reclama como suya sin más —su ceño se frunció aún más—. No… no simplemente. Primero discutieron. Qué raro. El que estaba… hum… al que disparaste, ése no quería llevarme, al principio. El otro insistió. Pero luego no estaba interesado en mí en absoluto. Cuando… justo antes de que vinieras —y añadió en un susurro, sin esperar respuesta—. ¿Qué era?



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