—Un mapache, diría yo —dijo el patrullero.

Dio la vuelta a la tela, ocultando la sangre marrón, y la humedeció de nuevo, dedicándose al siguiente corte.

La extraña respuesta parecía tan ajena a su pregunta que decidió que no debía haberla oído bien.

—No, me refiero al hombre grande que me pegó. El que huyó de ti. No parecía estar bien de la cabeza.

—Más cierto de lo que crees, señorita. He estado cazando esas criaturas toda mi vida. Al final las distingues. Era una cosa fabricada. Confirma que una malicia, tu gente la llamaría un dañiespectro, ha emergido cerca de aquí. La malicia crea esclavos con forma humana para sí, para luchar o hacerle el trabajo sucio. También con otras formas, a veces. Hombres de barro, los llamamos. Pero la malicia no los puede crear de la nada. De modo que coge animales y los remodela. Al principio con crudeza, hasta que se hace más grande y más lista. No puede crear vida en absoluto, la verdad. Sólo muerte. Sus esclavos no duran mucho, pero a ella no le importa.

¿Le estaba tomando el pelo, como sus hermanos? ¿Viendo cuánto podría tragarse una tonta niña campesina? Parecía totalmente sincero, pero a lo mejor era simplemente muy bueno contando trolas.

—¿Me estás diciendo que los dañiespectros son reales?

Fue su turno de parecer sorprendido.

—¿De dónde vienes, señorita? —preguntó con renovada cautela.

Empezó a nombrar el pueblo más cerca de la granja de su familia, pero lo cambió a «Lumpton Market». Era una ciudad más grande, más anónima. Se enderezó, intentando que la frase Soy viuda saliera con naturalidad de sus labios magullados.

—¿Cómo te llamas?

—Fawn. Saw… field —añadió, y se estremeció.

No había querido el nombre de Sunny ni el de su familia, y ahora se había quedado con un poco de ambos.

—Fawn. Adecuado



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