
Ahí estaba de nuevo esa atención concentrada, incómoda. Intentó contraatacar:
—¿Cómo te llamas tú? —aunque pensó que ya lo sabía.
—Respondo al nombre de Dag.
Ella esperó un momento.
—¿No hay más?
Él se encogió de hombros.
—Tengo un nombre de tienda, un nombre de campamento, y un nombre de territorio, pero Dag es más fácil para gritar —la sonrisa relució pasajera de nuevo—. Cuanto más corto mejor, en el campo de batalla. ¡Dag, abajo! ¿Ves? Si fuera más largo, podría haber sido demasiado tarde. Ah, así está mejor.
Ella se dio cuenta de que había respondido a la sonrisa. No sabía si era su charla o el pan o sólo estar sentada tranquilamente, pero su estómago había dejado de temblar por fin. Se sentía acalorada y cansada y vacía.
Él tapó la botellita.
—¿No deberías usarlo tú también? —preguntó ella.
—Oh. Sí. —Volvió de nuevo la tela y la pasó descuidadamente por su cara. Se dejó la mitad de los cortes.
—¿Por qué me llamaste Chispita?
—Cuando estabas escondida en el manzano ayer, fue así como pensé en ti.
—No creí que me hubieras visto. ¡No miraste arriba!
—No actuabas como si quisieras que te vieran. Me pareció de buena educación corresponder —dijo, y añadió—: Creía que esa bonita granja era tu hogar.
—Era bonita, ¿verdad? Pero sólo me detuve allí a por agua. Iba camino a Glassforge.
—¿Desde Lumpton?
Y señala al norte.
—Sí.
Al menos no dijo nada del tipo Es un largo camino para unas piernas tan cortas. Sí, dijo, inevitablemente:
—¿Tienes familia allí?
Casi dijo sí, y luego se dio cuenta de que él tenía probablemente la intención de llevarla con ellos, lo cual podía resultar embarazoso.
—No. Voy a buscar trabajo —enderezó la espalda—. Soy una viuda del heno.
Un lento parpadeo; su cara quedó inexpresiva durante un instante bastante largo. Finalmente dijo, en un tono extrañamente cauteloso:
