El grupo de jinetes entró en la explanada, y la granjera relajó los hombros. Soltó la cuerda de la campana. Debía haber docena y media de caballos, de colores variados, pero todos ellos esbeltos y de largas patas. Los jinetes llevaban ropas oscuras, alforjas y mantas atadas tras el arzón, y —Fawn contuvo el aliento— largos cuchillos y espadas colgando de los cintos. Muchos también llevaban arcos desencordados a la espalda, y aljabas llenas de flechas.

No todos eran hombres. Una mujer se destacó del grupo, bajó de su caballo, y saludó a la granjera con una inclinación de cabeza. Vestía como el resto, con pantalones de montar y botas y un largo chaleco de cuero, y llevaba el pelo gris acero trenzado y recogido en un apretado moño en la nuca. Los hombres también llevaban el pelo largo: algunos en trenzas o atado en coletas, decoradas con cuentas de vidrio o metal brillante o hilos de colores, algunos recogido en moños sencillos como la mujer.

Andalagos. Toda una patrulla de ellos, aparentemente. Fawn los había visto sólo una vez antes, cuando fue con sus padres y hermanos al mercado de Lumpton a comprar simiente especial, frascos de cristal, aceite de roca y cera y tintes. Aquella vez no fue una patrulla, sino un clan de mercaderes de las tierras salvajes alrededor de Dead Lake, que traían buenas pieles y cuero y extraños productos del bosque y objetos de metal trabajado y cosas más secretas: medicinas, o quizá venenos sutiles. Se rumoreaba que los Andalagos practicaban la magia negra.

Abundaban otros rumores, menos inverosímiles. Los Andalagos no se asentaban en un sitio, sino que se movían de campamento en campamento dependiendo de las necesidades de la estación. Ningún hombre entre ellos poseía tierras, para dividirlas cuidadosamente entre sus herederos, sino que consideraban que toda la tierra era de toda su gente.



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