
Apoyó la mano derecha en el tronco y se levantó con un empujón.
—Necesito subir ese cuerpo a un árbol o apilar algunas piedras encima para que los carroñeros no lo encuentren antes de que otros puedan recogerlo. Quizá tuviera familia —miró a su alrededor vagamente—. Luego tengo que decidir qué hacer contigo.
—Llévame de vuelta a la carretera. O indícame por dónde ir. La encontraré.
Él negó con la cabeza.
—Puede que éstos no sean los únicos fugitivos. Puede que no todos los bandidos estuvieran en el campamento que conquistamos, o podrían tener más de un escondrijo. Y la malicia todavía está ahí fuera, a menos que mi patrulla se me haya adelantado, lo que no creo posible. Mi gente estaba peinando las colinas al sur de Glassforge, y ahora me parece que la guarida está al nordeste. Éste no es buen momento para que tú, especialmente, andes vagando sola —se mordió el labio y siguió como hablando consigo mismo—. El cuerpo puede esperar. Tengo que llevarte a un sitio seguro. Retomar el rastro, encontrar la guarida, volver con mi patrulla tan rápido como pueda. Dioses ausentes, estoy cansado. Sentarse ha sido un error. ¿Crees que podrás cabalgar a la grupa?
Entre el murmullo, casi no oyó la pregunta. Yo también estoy cansada.
—¿En tu caballo? Sí, pero…
—Bien.
Volvió a su montura y cogió las riendas, pero en lugar de volver con ella, la llevó hacia el arroyo. Ella le siguió, en parte por curiosidad, en parte porque no quería perderlo de vista.
Evidentemente decidió que un árbol sería más rápido para resguardar su presa. Lanzó una cuerda a través de la horquilla de un gran sicómoro que colgaba sobre el arroyo, usando el caballo para izar el cuerpo. Trepó para asegurarse de que el cadáver estaba bien asegurado y para recuperar la cuerda. Se movía con tanta eficiencia que Fawn apenas reparó en los movimientos adicionales y los ajustes que tenía que llevar a cabo por falta de una mano.
