Dag espoleó su cansado caballo hacia la última cresta y se vio recompensado al otro lado por el hallazgo de un camino con roderas que discurría por el lecho del arroyo.

—Ah, bien —dijo en voz alta—. Ha pasado algún tiempo desde que patrullé esta zona, pero recuerdo una granja bastante grande en la cabecera de este valle.

La muchacha, a su grupa, seguía demasiado callada, el mismo silencio cauteloso que había mantenido desde que él comentara su embarazo. Su sentido esencial, extendido al máximo de su sensibilidad en busca de amenazas ocultas, se veía asediado por sus revueltas emociones; pero los pensamientos que las guiaban eran, como siempre, opacos. Quizá había sido indiscreto. Los granjeros que sabían algo del sentido esencial de los Andalagos tendían a llamarlo el mal de ojo, o magia negra, y acusaban a los patrulleros de leer mentes, estafar en el comercio, o cosas peores. Siempre causaba problemas.

Si encontraba suficiente gente en la granja, la dejaría a su cuidado, con un serio aviso sobre la mitad-cacería-mitad-guerra que estaba teniendo lugar ahora mismo en sus colinas. Si no había bastante gente, debía tratar de convencerlos para que se fueran a Glassforge o a algún otro sitio donde estuvieran a salvo entre más gente hasta que esta malicia aprendiera mortalidad. Si conocía a los granjeros, no querrían irse, y suspiró esperando una discusión deprimente y desagradecida.

Pero el mero pensamiento de una mujer embarazada, de cualquier edad o altura, vagabundeando despreocupadamente por los alrededores de la guarida de una malicia le provocaba horror. No era raro que le hubiera parecido tan brillante a su sentido esencial, con tanta vida dentro como llevaba. Aunque sospechaba que Fawn era apenas un poco menos vivida antes de concebir. Atraería la atención de una malicia como el fuego atraía a las polillas.



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