La mayoría de los frascos eran grandes, para mucha gente, pero encontró tres más pequeños, uno de una oscura fruta púrpura, otro de maíz agridulce, y otro de lo que esperó fuera carne guisada, y los sacó a la luz, junto a un pañuelo lleno de harina. Una sola sartén de hierro, que encontró en una esquina bajo un estante caído, era todo lo que quedaba de los utensilios de la casa, pero con algo de ingenio pronto se las apañó para cocer en ella tortas de pan ácimo sobre el fuego. El frasco de carne resultó ser, probablemente, cerdo cocido hasta no ser más que hebras con cebolla y hierbas aromáticas, que calentó tras sacar las tortas de la sartén.

Se recuperó de días de magras raciones y luego, saciada, separó una porción para cuando Dag volviera. Claramente, a juzgar por el comportamiento de la jefa de su patrulla y por su constitución, debía ser el tipo de hombre que tenías que capturar y amarrar para hacerle recordar cómo comer. ¿Era simplemente despistado, o es que vivía hasta tal punto dentro de su cabeza que no notaba las necesidades de su cuerpo? ¿Y qué más había dentro de esa cabeza? Parecía obsesionado. Considerando el valor casi inconsciente del que había hecho gala hasta el momento, era inquietante pensar en qué podría temer tanto como para impulsarle tan incesantemente. Bueno, yo fuera tan alta como un árbol, quizá sería valiente también. Un árbol delgadito. Tras pensarlo un poco, envolvió la carne y las conservas en el pan para que él pudiera comer mientras cabalgaba, porque cuando volviera, probablemente seguiría teniendo prisa.

Si volvía. No lo había dicho, en realidad. El pensamiento le generó un punto frío y decepcionado en el vientre. Estás siendo una idiota. Ya vale. La cura para pensamientos malos y tristes era el trabajo, cierto, pero estaba muy cansada.



39 из 331