
En una cosa todo el mundo estaba de acuerdo. Si sufrías el ataque de un dañiespectros, llamabas a los Andalagos. Y no les escamoteabas su justo pago una vez te habían librado del peligro.
Fawn no estaba totalmente segura de creer en dañiespectros. Pese a todo lo que se decía, ella nunca se había encontrado con uno en la vida, ni tampoco a nadie que lo hubiera hecho. Parecían ser tan sólo cuentos de fantasmas, inventados para divertir al público sensato y asustar al crédulo. Sus hermanos mayores la habían asustado demasiadas veces como para que cayera en la trampa.
Se quedó inmóvil de nuevo al darse cuenta de que uno de los patrulleros se estaba acercando a su árbol. Parecía distinto de los demás, y le llevó un momento darse cuenta de que no llevaba el pelo oscuro largo y trenzado, sino cortado en una desaliñada melena. Pero era alarmantemente alto, y muy delgado. Bostezó y se estiró, y algo brilló en su mano izquierda. Al principio Fawn pensó que era un cuchillo, y luego se dio cuenta con un leve escalofrío de que el hombre no tenía mano izquierda. El destello provenía de algún tipo de garfio o pinza, pero bajo la manga larga no pudo ver cómo lo llevaba sujeto a la muñeca. Para su consternación, caminó hasta la sombra justo bajo ella, agachó el largo cuerpo, apoyó cómodamente la espalda contra su árbol, y cerró los ojos.
Fawn se sobresaltó y casi cayó del árbol cuando la granjera hizo sonar la campana.
