La anónima muchacha había muerto de amor frustrado, susurraba, pero Fawn se preguntó si no sería más bien de rabia frustrada. Admitió para sí que había albergado sentimientos parecidos tras aquella horrible conversación con Sunny el Estúpido, pero no era que quisiera morir, era que quería hacerle sentir tan mal como la había hecho sentirse a ella. Y había sido bastante descorazonador darse cuenta de que no estaría viva para disfrutar de su venganza, y más descorazonador aún sospechar que a él se le pasaría la culpa bien pronto. Mucho antes de que a ella se le pasara lo de estar muerta, en todo caso. Y esa noche no hizo nada, después de todo, y al día siguiente se le ocurrieron otras ideas. De modo que quizá la auténtica lección era Espera a la mañana, después del desayuno.

Se preguntó si la chica ahorcada también estaría embarazada. Luego se preguntó de nuevo cómo el hombre alto lo había sabido, al parecer sólo mirándola con aquellos ojos de oro reluciente que a veces eran fríos como el metal y otras veces cálidos como el verano. Hechiceros, ja. Dag no parecía un hechicero. (¿Y qué aspecto tenía un hechicero, de todos modos?). Parecía un cazador muy cansado que había pasado demasiado tiempo lejos de casa. Cazando cosas que le daban caza a él.

Una niña. Quizá él sólo lo había supuesto. Una probabilidad del cincuenta por ciento no era nada mala, para aparentar tener razón más tarde. Aun así era una idea que le daba ánimos. Conocía a las niñas. Un niño, por muy inocente que fuera, le hubiera recordado demasiado a Sunny. No había previsto ser madre tan pronto, pero si tenía que serlo, iba a intentar ser una buena madre. Se frotó el vientre con gesto ausente. No te traicionaré. Una atrevida promesa. ¿Cómo iba a proteger a un niño cuando no podía ni salvarse a sí misma? Y también, a partir de ahora, tendré más cuidado. Cualquiera podía cometer un error. El truco estaba en no cometer el mismo error dos veces.



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