Al final se quedó sin tela que coser, paciencia para pensar, ni voluntad de quedarse despierta. Las magulladuras de la cara le latían. Llevó los jergones reparados dentro y apiló cuatro de ellos en una esquina de la cocina, porque la habitación de al lado era aún un desastre y no tenía la energía necesaria para acometer su limpieza. Se dejó caer agradecida sobre la pila de jergones. Tuvo apenas tiempo de percibir su olor mohoso, y pensar que necesitaban airearse, cuando sus ojos se cerraron.

Fawn despertó al oír ruido de pisadas en el porche de madera. ¿Ya volvía Dag? Todavía había luz. ¿Cuánto tiempo había dormido? Soñolienta, se incorporó, ansiosa por mostrarle los tesoros escondidos en el sótano y por escuchar lo que había encontrado él. Sólo entonces se dio cuenta de que había demasiadas pisadas fuera.

Si estuviera en el sótano no la habrían visto. Hubiera podido arrojar un par de jergones allí abajo. Tuvo apenas tiempo de pensar ¿De qué sirve no cometer dos veces el mismo error cuando los nuevos errores te matan igualmente?, cuando los tres hombres de barro derribaron la puerta.

Capítulo 4

Cuando el tenue sendero que estaba siguiendo colina arriba se convirtió en algo más parecido a una senda, Dag decidió que era hora de dejarla. Sentido esencial o sentido común o puros nervios, no podía decirlo, pero desmontó y guió a su caballo hasta un pequeño claro fuera de la vista del sendero. Apenas necesitó depositar una sugestión de no alejarse; Mocasín, a pesar de toda su resistencia montaraz y su genio, estaba tan cansado que tropezaba. Como Dag. Sintiéndose culpable, ató las riendas fuera del alcance de los cascos delanteros, pero le dejó puesta la silla. Odiaba dejar su montura tan mal atendida, pero si regresaba con prisas no habría tiempo de ocuparse de los arreos. Ni de dudar en reventar al animal, si la necesidad era lo bastante urgente. Mañana, o pasado, todos descansaremos bien. De un modo u otro.



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