
No volvió a la senda, sino que trazó un rumbo paralelo, alejado unos doce pasos de ella por la maleza. Iba despacio, caminando como un ciervo, pisando con deliberación, constantemente alerta. Apenas una milla más allá tuvo ocasión de alegrarse por su prudencia; se quedó muy quieto en una zona de broza y hiedra silvestre mientras dos figuras se acercaban abiertamente por el camino.
Hombres de barro. Un zorro y un conejo, supuso, y apenas necesitó sus sentidos internos para saberlo; eran bastos, quizá los primeros intentos, y mostraban señales de sus orígenes animales en la piel, las orejas, sus caras y narices deformes. Era muy tentador intentar algo con esa combinación, despertar sus auténticas naturalezas y dejar que siguieran su curso, pero el intento destruiría su escondite, quizá le revelaría ante su ama más allá. No era momento para juegos. Los dejó pasar a desgana, agradecido porque sus torpes nuevas formas incluyeran limitaciones humanas en su sentidos del olfato a cambio de las ventajas humanas de tener manos y habla.
Supo que se acercaba a la guarida por la ausencia de pájaros. Éste es un día de ausencias. Retrajo todavía más su sentido esencial cuando las primeras hierbas amarillentas y moribundas empezaron a crujir bajo sus pies. No esperaba esto hasta dentro de unas millas. La guarida estaba mucho más cerca de la carretera recta de lo que había creído posible. Enviar sus primeras marionetas humanas a buscar presas tan lejos de su bastión inicial era alarmantemente inteligente para una malicia tan —supuestamente— joven. ¿Cómo se nos pudo pasar esto?
Sabía cómo. Somos muy pocos, con demasiado terreno que cubrir y nunca con tiempo suficiente. Expande el terreno de los rastreos, acelera las búsquedas, y te arriesgas a dejarte pistas sin ver. Ve despacio y con cuidado, y te arriesgas a no llegar a tiempo a todos los lugares críticos. Bueno, éste lo hemos encontrado. Es un éxito, no un fracaso.
