
Quizá.
Para cuando llegó a un oteadero se arrastraba como un caracol, casi sobre el vientre, sin atreverse apenas a respirar. Todas las hierbas y matorrales a su alrededor estaban muertos y quebradizos, el suelo bajo sus rodillas dolorosamente estéril, y su sentido esencial, estrechamente contenido, temblaba por el efecto del aura de la malicia. Ciertamente, está aquí.
Al fondo de una torrentera rocosa, un riachuelo torcía desde su derecha, corría justo bajo él, y trazaba un meandro a la izquierda. Ni una sola planta viviente alegraba la hendidura hasta donde podía ver en cualquier dirección, aunque los huesos muertos de algunos árboles todavía se erguían como centinelas. Había algo parecido a un campamento, a orillas del riachuelo: tres o cuatro hogueras de campamento, ahora apagadas y frías, montones de víveres robados desperdigados por todas partes. Al otro lado de la torrentera, un par de caballos inquietos estaban atados a árboles muertos. Caballos reales, naturales hasta donde Dag podía decir. Mal cuidados, por supuesto.
El lugar podía acomodar a veinticinco o cincuenta hombres, pero estaba hombre de barro dormido en un montón de trapos como en un nido. Dag se preguntó si algunos de los ausentes serían hombres que su patrulla había capturado la noche anterior. Lo cual querría decir que la patrulla podría llegar en cualquier momento, un pensamiento agradable. No se permitió dejarse llevar por la esperanza.
A mitad de la pendiente opuesta de la torrentera, una plataforma de piedra saliente creaba una cueva, quizá de sesenta pies de largo y protegida en la entrada por un suave saliente de piedra gris que se erguía hasta casi tocar la plataforma. Desde donde estaba no podía decir lo profunda que era. Salían senderos desde ambos lados, abajo hacia el riachuelo y por la pendiente opuesta.
