La malicia estaba dentro, por ahora. ¿Era móvil ya, o todavía sésil? Y si ya era móvil, ¿habría pasado su primera muda? Y si no lo había hecho, ¿cuántas ganas tendría de conseguir los materiales humanos necesarios para conseguirlo? El primer cuerpo de una malicia después de eclosionar era incluso más torpe y contrahecho que el de un hombre de barro, lo que generalmente parecía irritarla.

Dag se abrió la camisa y sacó sus cuchillos de vínculo. Se pasó la correa por la cabeza y miró un momento las hojas gemelas. El cuero cosido estaba desgastado por el uso y oscurecido por sudor viejo. Pasó un dedo por las empuñaduras revestidas de cuerda, una azul, otra verde, desenvainó y contempló seis pulgadas de hoja de hueso pulido. La tocó con los labios. Murmuraba vieja mortalidad.

¿Es éste el día en que tu muerte queda redimida, Kauneo, mi amor? La he llevado en torno a mi cuello durante tanto tiempo. Como tú quisiste, así lo quiero yo. Esta malicia era maligna, grande y creciendo rápidamente. Sería casi digna de ella, pensó Dag. Casi.

Sacó la segunda hoja de hueso, vacía, y colocó ambas juntas. Vienen de dos en dos, oh, sí. Una para ti y una para mí. Las guardó de nuevo.

Mari también llevaba cuchillos de vínculo, y también Utau y Chato, regalos de mortalidad de patrulleros antes de ellos. Él sabía que el juego que llevaba Mari ahora era herencia de uno de sus hijos, y tan queridos para ella como éstos lo eran para Dag. La patrulla iba bien surtida. Quien usaba los suyos en una malicia no era generalmente un asunto de echarlo a suertes, ni de heroísmo, ni de honor: el primero que podía, lo hacía. Como pudieran. Tan eficazmente como fuera posible. No faltarían otras oportunidades más tarde.



45 из 331