
La esencia de Dag se estremecía ante el drenaje al que la sometía la presencia de la malicia, un efecto que se comunicaría a su cuerpo si se quedaba mucho tiempo allí. Jóvenes patrulleros sensibles quedaban tan afectados por su primer encuentro con una malicia que les podía llevar semanas recuperarse. Dag había sido uno de ellos. Una vez.
Ahora: ve. De vuelta al caballo, y a galopar como un loco al punto de reunión.
Pero… Había tan pocas criaturas en el campamento. Era una oportunidad para un golpe de mano, por así decir. Abajo por la torrentera, cruzar corriendo el riachuelo, trepar a la cueva… Todo podía acabar en unos minutos. En el tiempo que costaría traer aquí a la patrulla, la malicia podía traer también refuerzos (¿y dónde estaban ahora, qué maldades estarían haciendo?), convirtiendo el ataque en una lucha potencialmente costosa sólo para recobrar una proximidad que él tenía ahora mismo. Dag pensó en Saun. ¿Habría sobrevivido a la noche?
Pero con su sentido esencial anulado, Dag no podía ver cuántos hombres u hombres de barro podían estar escondidos en la cueva con la malicia. Si entraba a la carga sólo para ofrecer la cabeza al enemigo, los problemas a los que se tendría que enfrentar su patrulla serían muchísimo peores. Y además yo estaré muerto. En cierto modo, se alegraba de que la perspectiva todavía pudiera inquietarle. Al menos un poco.
Bajó el rostro, luchó para controlar su respiración acelerada, y se preparó para retirarse. Torció los labios en una mueca. Mari estará muy orgullosa de mí.
Empezó a apartarse del borde de la torrentera, pero se quedó quieto de nuevo. Por un camino al otro lado aparecieron tres hombres de barro. El primero era un… ¿dónde habría encontrado la malicia un lobo por esta zona? Dag creía que los granjeros habrían diezmado a los lobos en la región, pero esta zona de colinas imposibles de arar era un reservorio para todo tipo de cosas. Como podemos ver. Sus ojos se abrieron más al reconocer al segundo de la fila, el hombre-mapache de esa mañana. El tercero, aún más grande, debió de haber sido alguna vez, un oso negro. Un destello de una familiar tela azul oscuro sobre el hombro del gigantesco hombre-oso le dejó sin aliento.
