No estaba seguro de si temblaba de indecisión o sólo de miedo. Miedo, decidió. Sí, podía volver con la patrulla y traerlos a la carga, seguir las reglas, estar seguro. Porque los Andalagos tenían que ganar, cada vez. Pero Fawn podría estar muerta para cuando volvieran.

O en unos minutos. Los tres hombres de barro desaparecieron tras el muro de roca. Así que al menos habría tres dentro. O podría haber diez.

Entrar y salir de la cueva… No. Sólo tenía que entrar.

No sabía por qué su cerebro todavía intentaba alocadamente calcular los riesgos, porque su mano ya se estaba moviendo. Dejando el arco y la aljaba y el equipo innecesario. Colocando las fundas de sus cuchillos de vínculo. Cambiando el garfio-pinza de su muñequera de cuero por el cuchillo de acero. Probando a desenvainar su cuchillo de guerra.

Se alzó y bajó por la pendiente de la torrentera, deslizándose desde las rocas a los arroyuelos tan silenciosamente como una serpiente.

Todo había sucedido tan rápido…

Fawn colgaba cabeza abajo, mareada y con náuseas. Se preguntó si el golpe que había recibido al otro lado de la cara haría un moratón a juego con el primero. El ancho hombro del hombre de barro parecía golpearle el estómago al andar incesantemente, sin detenerse ni siquiera cuando ella vomitó violentamente por su espalda. Dos veces.

Cuando Dag volviera a la granja del valle —sí Dag volvía al la granja del valle—, ¿sería capaz de leer los hechos a partir del desastre que su pelea había creado en la cocina? Era un rastreador, sin duda tendría que notar las pisadas de mermelada de ciruelas que había hecho dejar a sus captores por el suelo mientras se lanzaban a por ella. Pero parecía demasiado esperar que el hombre la rescatara dos veces en un día; totalmente embarazoso, de hecho. Imaginando el ridículo, intentó de nuevo liberarse de la presa del enorme hombre de barro, golpeándole la espalda con los puños. Podía haber estado golpeando arena para lo que le sirvió.



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