Dos toques fuertes y luego tres, repetidos: sin duda una señal o llamada, no una alarma, porque durante todo el rato estuvo hablando animadamente con la patrullera. Ahora que los ojos de Fawn se habían acostumbrado a distinguirlos en sus extraños atavíos, pudo ver a tres o cuatro mujeres más entre los hombres. Un par de hombres estaban en el pozo, ocupados sacando el pozal y vertiendo agua en el abrevadero de madera del lado opuesto al banco; otros llevaban a los caballos por turnos para que bebieran. Un muchacho apareció a la carrera desde detrás de las casetas cuando sonó la campana, y la granjera lo envió al granero junto a varios patrulleros. Dos de las mujeres más jóvenes siguieron a la granjera al edificio principal, y salieron al cabo con paquetes envueltos en tela, obviamente más de la buena comida de la granja. Los demás salieron del granero acarreando sacos de lo que Fawn supuso sería grano para los caballos.

Se reunieron de nuevo junto al pozo, donde tuvo lugar una breve y enérgica conversación entre la granjera y la patrullera de pelo gris. Terminó con un cálculo de los sacos y paquetes, a cambio de monedas y de algunos pequeños artículos sacados de las alforjas de la patrullera que Fawn no alcanzó a ver, para aparente satisfacción de ambas partes. La patrulla se dispersó en pequeños grupos en pos de algo de sombra en el patio para compartir la comida.

La jefa de la patrulla caminó hasta el árbol de Fawn y se sentó con las piernas cruzadas junto al hombre alto.

—Has tenido una buena idea, Dag.

Un gruñido. Si el hombre abrió los ojos, Fawn no lo vio; su campo de visión, obstaculizado por las hojas, le mostraba dos óvalos, uno liso y gris, el otro enmarañado y oscuro. Y un par de piernas muy, muy largas, estiradas, enfundadas en botas.

—¿Qué te ha dicho tu amiga? —preguntó el hombre. Su voz grave sonaba cansada, o quizá fuera ronca por naturaleza—. ¿Se confirma que hay una malicia, o no?



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