
Los hombres de barro tenían ojos de animal en rostros humanos, y parecían inimaginablemente peligrosos. Esto… tenía ojos humanos en el rostro de una pesadilla. No, no de una pesadilla que ella pudiera haber soñado e imaginado. Una de las de Dag, quizá. Atrapada. Atormentada. Y aun así, a pesar de todo su dolor, tan carente de piedad como una piedra. O una avalancha.
La cogió de la camisa, la alzó hasta su cara, y la miró durante un largo, largo momento. Ella estaba llorando ahora, de miedo, sin avergonzarse. Aceptaría el rescate de Dag ahora, sí, o de cualquiera. Volvería con su bandido violador. Haría un trato con cualquier dios que escuchara, prometería cualquier cosa… déjamedéjame…
En un movimiento lento, deliberado, la malicia le levantó la falda con la otra mano, le bajó las bragas hasta las caderas, y le clavó las garras en el vientre.
El dolor fue tan intenso que Fawn pensó por un momento que la había destripado. Sus rodillas se alzaron en un espasmo involuntario, y gritó. El sonido salió tan apretado de su garganta irritada que se convirtió casi en un silencio, un siseo ronco. Bajó el rostro, esperando ver manar la sangre, sus entrañas saliéndose. Sólo cuatro tenues líneas rojas marcaban la pálida piel intacta de su vientre.
—¡Déjala! —rugió una voz ronca a su derecha.
La malicia volvió la cara, parpadeando despacio; Fawn también se volvió. La repentina liberación de su camisa la cogió totalmente por sorpresa, y cayó al suelo de la cueva, arañándose las palmas de las manos con la tierra y las piedras, y luego se levantó.
Dag estaba en las sombras, luchando contra tres, no, contra los cinco hombres de barro. Uno retrocedió con la garganta cortada, y otro se acercó. Dag casi desapareció bajo la pila de criaturas que gruñían. Ruidos de lucha, algo se rasgó, Dag gritó, y un lío de correas y madera y un destello de metal golpeó violentamente contra la pared de la cueva. Un hombre de barro le había arrancado la prótesis de su brazo. El hombre de barro retorció el brazo de Dag a su espalda como si también intentara arrancarlo.
