
Él la miró. Metió su gran cuchillo de acero en el hombre de barro más cercano como si lo clavara en un árbol para recogerlo luego, y se arrancó un saquito de cuero que llevaba cuello, rompiendo la correa.
—¡Chispa! ¡Mira esto!
Lo miró mientras volaba hacia ella y, para su enorme sorpresa, lo cogió al vuelo. Nunca en su vida había cogido… Otro hombre de barro saltó sobre Dag.
—¡Clávaselo! —aulló él, cayendo de nuevo—. ¡Clávaselo a la malicia!
Cuchillos. El saquito contenía dos cuchillos. Sacó uno. Estaba hecho de hueso. ¿Cuchillos mágicos?
—¿Cuál? —gritó frenéticamente.
—¡La punta por delante! ¡Donde sea!
La malicia empezaba a avanzar hacia Dag. Sintiéndose como si su cabeza flotara a tres pies sobre su cuerpo, Fawn hundió profundamente el cuchillo de hueso en el muslo de la cosa.
La malicia se volvió hacia ella, aullando sorprendida. El sonido pareció partirle el cráneo. La malicia la cogió por el cuello esta vez, y la alzó, contorsionando la horrible cara.
—¡No! ¡No! —gritó Dag—. ¡El otro!
Todavía asía el saquito con una mano; la otra estaba libre. Tenía quizá un segundo antes de que la malicia la sacudiera hasta romperle el cuello, como un pinche matando un pollo. Sacó la otra hoja de hueso de su vaina y la hundió frente a sí. Resbaló sobre algo, quizá una costilla, y luego penetró, pero sólo un par de pulgadas. La hoja se rompió. ¡Oh, no…!
Estaba cayendo, cayendo como desde una gran altura. Se dio un golpe tremendo contra el suelo. Se levantó de nuevo, con todo dándole vueltas alrededor.
