Ante sus ojos, la malicia se estaba deshaciendo. Le caían trozos como pedazos de hielo de un tejado. Su horrible voz plañidera subió y subió cada vez más alto, desvaneciéndose pero dejándole un dolor lacerante en los oídos.

Y desapareció. Frente a ella quedó una pila de tierra amarilla, maloliente. El primer cuchillo, el del mango azul que no había funcionado, estaba en el suelo frente a ella. Todo estaba en silencio, a menos que se hubiera quedado sorda.

No, porque a su derecha se oyó de nuevo movimiento. Se dio la vuelta, pensando en recoger el cuchillo e intentar ayudar. Su magia podría haber fallado, pero todavía tenía filo y punta. Pero los tres hombres de barro aún en pie habían dejado de intentar destrozar al patrullero y huían, ululando. Uno la atropello en su frenética huida, aparentemente sin intenciones destructivas. Esta vez, se quedó a cuatro patas. Jadeando. Había pensado que su cuerpo debía quedarse sin temblores de puro agotamiento, pero parecía haber una reserva inagotable. Tuvo que apretar los dientes para evitar que le castañetearan, como alguien congelándose. Sentía espasmos en el vientre.

Dag estaba sentado en el suelo a diez pies con una expresión asombrada en el rostro, las piernas de cualquier manera, la boca abierta, jadeando tan violentamente como ella. Su manga izquierda estaba rasgada, y su brazo sin mano sangraba por varios largos arañazos. Debía haber recibido un golpe en la cara, porque uno de sus ojos lagrimeaba y empezaba a hincharse.

Fawn rebuscó hasta encontrar el otro mango de cuchillo, el verde que se había roto dentro de la malicia. ¿Dónde estaba la malicia?

—Lo siento. Lo siento. Lo he roto —estaba llorando, lágrimas y mocos corriéndole por los labios—. Lo siento…

—¿Qué? —Dag alzó la mirada, mareado, y gateó hacia ella con una mano, en extraños saltos lentos, con el brazo izquierdo apretado contra el pecho.



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