—De momento sólo hay rumores de bandidos, pero también un montón de desapariciones en los alrededores de Glassforge. No se han encontrado cuerpos.

—Mm.

—Toma, come —le alargó algo, jamón entre pan a juzgar por el apetitoso aroma que se alzó hasta Fawn. La mujer bajó la voz—. ¿Sientes algo ya?

—Tu sentido esencial es mejor que el mío —masculló él con la boca llena—. Si tú no sientes nada, seguro que yo tampoco.

—Experiencia, Dag. Yo he asistido quizá a nueve cacerías en mi vida. Tú has estado en… ¿cuántas? ¿Quince? ¿Veinte?

—Más, pero las otras fueron pequeñas. Encontronazos afortunados.

—Afortunados, ja, y las pequeñas cuentan como las otras. Hubieran sido grandes al año siguiente. —Tomó un bocado de su comida, masticó, y suspiró—. Los niños están emocionados.

—Lo he notado. Van a empezar a pelearse entre sí si se ponen aún más nerviosos.

Un gruñido, probablemente de aquiescencia.

La voz ronca cobró una repentina cualidad apremiante.

—Si encontramos la guarida de la malicia, pon a los jóvenes detrás.

—No puedo. Necesitan la experiencia, igual que nosotros en su día.

Un murmullo:

—Hay experiencias que no necesita nadie.

La mujer ignoró esto último, y dijo:

—He pensado en poner a Saun contigo.

—Ahórramelo. A menos que me toque guardia de campamento. Otra vez.

—Esta vez no. La gente de Glassforge ha ofrecido un grupo de hombres para ayudar.

—Ah, ahórranoslo a todos. Granjeros torpes, peores que los niños.

—Es su gente la que se ha perdido. Tienen derecho.

—Dudo que puedan siquiera con bandidos de verdad —tras un momento, añadió—: O lo hubieran hecho ya —y al cabo de otro—: Si fueran bandidos de verdad.

—He pensado dejar a los de Glassforge encargados de sujetar los caballos, principalmente. Si es una malicia, y si ha crecido tanto como Chato teme, necesitaremos a toda nuestra gente en primera línea.



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