Un breve silencio.

—Mala elección de palabras, Mari.

—El pozal está ahí. Chapúzate la cabeza, Dag. Sabes lo que he querido decir.

La mano derecha hizo un gesto.

—Sí, sí.

Con un «uuf», la mujer se levantó.

—Come. Es una orden, si lo prefieres.

Yo no estoy nervioso.

—No —suspiró la mujer—. No, nervioso no estás —se alejó dando zancadas.

El hombre se recostó de nuevo. Lárgate, pensó Fawn con resentimiento. Tengo que hacer pis.

Pero al cabo de unos minutos, justo antes de que las necesidades de su cuerpo la obligaran a mostrar un coraje que no deseaba, el hombre se levantó y fue tras la jefa de la patrulla. Sus pasos eran tranquilos pero largos, y llegó al otro lado del patio antes de que la jefa lanzara una mirada de soslayo e hiciera un vago gesto con la mano. Fawn no vio cómo aquello podía tomarse como una orden, pero de algún modo todos los de la patrulla se levantaron y se movieron, empaquetando alforjas, apretando cinchas. Estaban montados y en camino en cinco minutos.

Fawn se deslizó tronco abajo y atisbo. El hombre manco —que al parecer cabalgaba en retaguardia— estaba mirando por encima del hombro. Ella se escondió de nuevo hasta que el sonido de los cascos se desvaneció, y luego soltó el tronco del manzano y fue en busca de la granjera. Su bolsa, notó con alivio al pasar, estaba intacta en el banco.

Dag miró hacia atrás, preguntándose de nuevo por la pequeña granjera que había estado tímidamente escondida en el manzano. Allí, sí… Ahora bajaba, pero aun así no pudo verla claramente. Aunque unas pocas ramas y hojas no podían esconder a su sentido esencial una chispa vital tan brillante a esa distancia.

Su imaginación conjuró una imagen de su pulcra granjita atacada por los hombres de barro de una malicia, toda su alegre rutina convertida en cenizas y sangre y humo de matadero.



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