
—Cuando la esposa de un hombre ha muerto, ¿qué ansía él?
Con rebeldía, Han Fei-tzu ofreció la respuesta más falsa a su pregunta.
—Acostarse con ella.
—El deseo del cuerpo —murmuró Jiang-ging.
Ya que ella estaba decidida a mantener esta conversación, Han Fei-tzu recitó la retahíla en su lugar.
—El deseo del cuerpo es actuar. Incluye todas las caricias, casuales e íntimas, y todos los movimientos habituales. Así, ve un movimiento por el rabillo del ojo y cree haber visto a su esposa muerta cruzando el umbral, y no se queda tranquilo hasta haberse acercado a la puerta y visto que no era su esposa. Despierta de un sueño en el que ha oído su voz y se descubre respondiéndole en voz alta, como si ella pudiera oírlo.
—¿Qué más? —preguntó Jiang-ging.
—Estoy cansado de filosofía —protestó Han Fei-tzu—. Tal vez los griegos encontraban consuelo en ella, pero yo no.
—El deseo del espíritu —insistió Jiang-ging.
—Como el espíritu pertenece a la tierra, es esa parte la que obtiene nuevas cosas de las cosas viejas. El marido ansía todas las cosas inacabadas que su esposa y él hacían cuando ella murió, y todos los sueños sin empezar de lo que podrían haber hecho si ella hubiera vivido. Así, un hombre se enfada con sus hijos por ser demasiado parecidos a él y no parecerse suficiente a su esposa muerta. Así, un hombre odia la casa en la que vivieron juntos, porque no la cambia, y está así tan muerta como su esposa, o sí la cambia, y entonces ya no es la mitad que ella creó.
—No tienes que enfadarte con nuestra pequeña Qing-jao —conminó Jiang-ging.
—¿Por qué? —preguntó Han Fei-tzu—. ¿Te quedarás, entonces, y me ayudarás a enseñarle a ser una mujer? Yo sólo puedo enseñarle a ser como yo soy, frío y duro, tosco y fuerte, como la obsidiana. Si acaba siendo así, aunque se parezca tanto a ti, ¿cómo podré no enfurecerme?
