«Ya viene.»

Contuvo el aliento en un sollozo mudo al tiempo que un retazo de oscuridad cruzaba la rendija de luz y la vibración del suelo cesaba.

Entonces aquella sombra engulló la luz y ella oyó temblar la puerta del armario.

¡Ta-tan!

¡Ta-tan!

¡Ta-tan!

Oh. No.

«Ya está aquí.»


Cinco años atrás

– Eres hombre difícil de encontrar.

Sin apartar los ojos de los papeles dispersos ante él, sobre la mesa, Quentin Hayes respondió:

– Pero no imposible, obviamente. ¿Quién me busca?

– Noah Bishop.

Quentin levantó la mirada entonces, alzando las cejas.

– ¿De la Unidad de Crímenes Espeluznantes?

Bishop sonrió vagamente.

– He oído ese mote.

– ¿Telepáticamente? Porque supuestamente ése es tu don, ¿no?

– Lo es. Pero no me hizo falta la telepatía para enterarme de las burlas. -Bishop se encogió de hombros-. Seguramente estaremos siempre oyendo variaciones del mismo asunto. Pero el respeto vendrá con el éxito. Con el tiempo.

Quentin estudió a su interlocutor, fijándose en sus ojos grises, curiosamente claros, y en su rostro, hermoso aunque cubierto de cicatrices, que denotaba fortaleza y peligro, y que sin duda disuadía a cualquiera, salvo a los más valientes, de mofarse abiertamente de él. Ello, además de su tasa de éxitos, extraordinariamente alta, como experto en perfiles psicológicos, había granjeado a Noah Bishop un gran respeto dentro del FBI, aunque su nueva unidad fuera también objeto de numerosas chanzas.

Quentin, por su parte, se había ganado una notable reputación como investigador solvente, que prefería trabajar solo, y no estaba en absoluto ansioso por unirse a un equipo… ni por hacer públicas unas facultades que le había costado numerosos esfuerzos ocultar.



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