– ¿Y por qué me lo cuentas a mí? -preguntó.

– Pensé que podría interesarte.

– ¿Ah, sí? No sé por qué.

– Claro que lo sabes. -Bishop entró en la habitación y, provisto aún de aquella leve sonrisa irónica, fue a sentarse al otro lado de la mesa-. Me viste venir. ¿Hace meses? ¿Hace años?

Quentin se negó a responder a aquellas preguntas cargadas de sorna.

– No estoy de servicio, por si no te lo han dicho.

– Lo que me han dicho es que has venido por lo menos dos veces aquí, a Tennessee, de vacaciones. A este mismo pueblo. Seguramente has venido a sentarte en esta misma sala de reuniones, que rara vez se usa, en una jefatura de policía que en los últimos veinte años no ha tenido que enfrentarse a gran cosa, aparte de multas de tráfico, riñas domésticas y, de vez en cuando, alguna operación de contrabando o algún laboratorio clandestino de fabricación de drogas. Te sientas aquí y repasas los mismos expedientes viejos y polvorientos, mientras los policías del pueblo se encogen de hombros y hacen apuestas.

– Tengo entendido que las apuestas están a mi favor -dijo Quentin.

– Esos hombres admiran la pura tenacidad.

– Como casi todos los policías.

Bishop asintió con la cabeza.

– Y a casi todos los policías les desagradan los misterios y los casos sin resolver. Así que, ¿es por eso por lo que estás aquí?

– ¿Quieres decir que no lo sabes?

Aquella burla no pareció turbar lo más mínimo a Bishop. Dijo tranquilamente:

– Yo no soy clarividente. Ni tampoco un vidente, como tú. Además, soy un telépata por contacto, no un telépata puro. Y, de todos modos, tocarte no me ayudaría necesariamente a leerte el pensamiento; prácticamente, todas las personas con facultades parapsicológicas que he conocido han desarrollado un escudo para protegerse.

– Entonces sólo das por supuesto que soy una de esas personas, ¿no? -tuvo que preguntar Quentin, a pesar de que el hecho de que Bishop se hubiera referido expresamente a un «vidente» significaba que hablaba con conocimiento de causa.



3 из 286