
– No. Sé que tienes facultades parapsicológicas. Del mismo modo que tú sabes que las tengo yo, porque tendemos a reconocernos los unos a los otros. No en todos los casos, pero sí casi siempre.
– Entonces, ¿cuándo nos damos el apretón de manos secreto?
– Justo antes de que te entregue tu anillo decodificador de claves secretas.
Aquello hizo reír a Quentin inesperadamente; no tenía a Bishop por un hombre con sentido del humor.
– Perdona. Pero tendrás que admitir que una unidad del FBI compuesta por personas con facultades paranormales es algo bastante raro. Casi de cómic.
– No lo será algún día.
– Lo crees realmente, ¿verdad?
– La ciencia comprende cada vez mejor el cerebro humano. Tarde o temprano, las capacidades parapsicológicas serán clasificadas correctamente como una serie más de sentidos, lo mismo que la vista y el oído, tan normales y humanos como los otros.
– ¿Y tú dejarás de ser el jefe de la Unidad de Crímenes Espeluznantes?
– Digamos simplemente que es sólo cuestión de tiempo que las dudas y la incredulidad se demuestren falsas. Sólo nos hace falta tener éxito.
– Ah, vaya, ¿eso es todo? -Quentin sacudió la cabeza-. El porcentaje de casos archivados en el FBI es de… ¿cuánto?… ¿de cerca del cuarenta por ciento, ahora mismo?
– La Unidad de Crímenes Especiales lo hará mucho mejor.
Quentin no sabía con certeza qué habría contestado al optimismo de su interlocutor, pero en ese momento un miembro del Departamento de Policía de Leisure apareció en la puerta de la sala, interrumpiéndoles.
– Quentin, sé que se supone que estás de vacaciones -dijo el teniente Nathan McDaniel, dirigiendo una sola mirada a Bishop-, pero he creído que esto te interesaría… y el jefe me da permiso para que te lo diga.
