– ¿Qué ocurre, Nate?

– Acabamos de recibir una llamada. Una niña pequeña ha desaparecido.

Quentin se puso en pie de inmediato.

– ¿En El Refugio?

– En El Refugio.


En la fecha de su construcción, en los albores del siglo XX, el extenso hotel fue bautizado con algún nombre altisonante, olvidado hacía mucho tiempo. Durante más años de los que nadie era capaz de recordar, se le había llamado simplemente «el refugio», y en algún punto del camino los propietarios se habían dado por vencidos y habían aceptado aquel nombre.

Durante buena parte de su historia, el hotel había sido lugar predilecto de vacaciones de ricos y amantes de la soledad, tanto por su grandiosidad como por su aislamiento. Alejado de grandes ciudades, se llegaba a él únicamente por una tortuosa carretera de dos carriles que ascendía por espacio de varios kilómetros desde el pueblecito de Leisure, y estaba tan apartado de la civilización como se pudiera imaginar, sobre todo en estos tiempos de comunicaciones instantáneas, o casi.

Tenía, a pesar de su aislamiento, buena cantidad de atractivos que atraían a los huéspedes y los animaban a hacer el largo viaje hasta sus puertas. Su enorme edificio principal y sus numerosas cabañas ofrecían el panorama espectacular de las montañas de los alrededores, y entre sus otros atractivos se hallaban kilómetros y kilómetros de sinuosos caminos para hacer senderismo o montar a caballo, sus bellos jardines, un enorme polideportivo con piscina olímpica y canchas de tenis cubiertas, y un hermoso campo de golf de dieciocho hoyos.

Si a todo ello se le añadía un servicio discreto y sumamente eficaz, listo para satisfacer todos los caprichos de los huéspedes, preciosas habitaciones y cabañas privadas con lechos lujosos y ropa de cama que, según se sabía, algunos huéspedes habían comprado tras su estancia, e instalaciones de balneario de primera categoría, el resultado era un hotel que había puesto a Leisure, Tennessee, en el mapa. O, al menos, en el mapa de los lugares de vacaciones de lujo.



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