
– El único problema -le dijo Quentin a Bishop al salir de su coche de alquiler, en la rotonda que había frente al edificio principal del hotel-, es que este sitio tiene la mala costumbre de extraviar gente… y casi siempre son niños.
– Imagino que eso no lo incluyen en los folletos -dijo Bishop.
– No. -Quentin sacudió la cabeza-. Para ser justo, no hay en realidad una pauta fija, a no ser que uno tenga una mente tan suspicaz como la mía. Y por lo que he podido recomponer a lo largo de los años, los muertos y los desaparecidos, aunque suelen estar relacionados de algún modo con el hotel, casi nunca son huéspedes. En su mayoría eran hijos de gente que trabajaba aquí, o en esta zona. Gente de por aquí. Y la gente de esta parte del país no se sincera con los forasteros, ni quiere que nadie se meta en sus asuntos.
– ¿Ni siquiera cuando se trata de desapariciones de niños?
– Son de los que sólo se fían de sí mismos, créeme. Cogen sus perros y sus escopetas y se ponen a buscar por su cuenta. En los viejos tiempos, nadie se molestaba siquiera en informar a la policía cuando había algún problema y, por lo que he podido averiguar, lo mismo puede decirse de estos últimos años.
– ¿De qué margen de tiempo estás hablando?
– Me he remontado al menos veinte años atrás. Y he descubierto media docena de accidentes o enfermedades sospechosas, así como un asesinato incuestionable. Estadísticamente no es muy significativo, tratándose de un hotel por el que pasa tanta gente como por El Refugio, según los libros. Pero yo no me lo trago. Y…
Bishop aguardó un momento. Después preguntó:
– ¿Y?
– Y ha habido al menos cinco desapariciones sin resolver relacionadas con este lugar, casi todas de niños, aunque no todas.
No hacían falta facultades paranormales para saber que Quentin había cambiado de idea respecto a lo que iba a decir en el último momento, pero Bishop no insistió. Se limitó a decir:
