
– ¿Y si la hubieran llevado a rastras o cogida en brazos? -preguntó Quentin.
Bishop le miró.
– La gente se fija en lo que se sale de lo normal. Si la niña se hubiera resistido o hubiera protestado, alguien se habría dado cuenta. Suponiendo que alguien la viera, claro.
McDaniel dijo:
– Y no hay rastro de lucha de ningún tipo, Quentin. No vamos a encontrar pisadas en un jardín que es casi todo hierba y senderos de baldosas, aunque estamos buscando en los parterres. La única cosa que se dejó la niña es el jersey que llevaba. He avisado a uno de los equipos de perros de rastreo y rescate. Estarán aquí dentro de media hora.
– ¿Cómo se llama, Nate?
– Belinda. Su padre dice que nunca ha respondido a ningún apodo. Tiene ocho años.
Quentin se volvió y, sin decir palabra, se dirigió hacia la rosaleda, la cual se encontraba tras el edificio principal.
– Ahí va un hombre dominado por los demonios -dijo McDaniel casi distraídamente.
– ¿Qué clase de demonios, teniente?
– Eso tendría que preguntárselo a él. Lo único que sé es lo que he observado las últimas veces que ha estado aquí. Y lo que deduzco es que le atormenta un crimen que nadie ha sido capaz de resolver en veinte años. La diferencia es que Quentin no puede dejarlo correr.
Bishop asintió ligeramente, pero se limitó a decir:
– Todos tenemos un caso así, ¿no? Un caso que nos atormenta. El caso con el que soñamos por las noches.
– Sí. Pero Quentin también es distinto por otra cosa. El caso que le obsesiona está directamente sacado de sus pesadillas. Y de su infancia.
– Lo sé -respondió Bishop.
Todo el mundo estuvo de acuerdo en que era horrendo que una niña hubiera desaparecido en medio de una luminosa rosaleda, una soleada tarde de verano; pero lo que era aún más espeluznante era que el perro de búsqueda y rescate, tras olfatear el pequeño jersey rosa de Belinda, se limitara a sentarse y a proferir un aullido lastimero.
