
– Bajo ahora mismo – dijo ella, colgándose al hombro el ordenador portátil.
– ¡Amanda! No puedes marcharte…
– Seguiremos hablando el lunes. Solo te lo he contado porque quiero que hagas dos cosas por mí – dijo, dirigiéndose a la puerta-. Primero, quiero que busques la regulación contractual para niñeras profesionales. Entérate de lo que puedas sobre formación, cualificaciones, salarios y ese tipo de cosas.
– ¿Y lo segundo?
– Llama a este número – contestó, sacando una tarjeta del bolso- y pide una cita para mí. Es una clínica de fecundación artificial.
Daniel Redford, apoyado en el Mercedes, miraba las oficinas de la Agencia de Secretarias Garland. Las fabulosas chicas Garland. Eran famosas por ser las mejores cualificadas de toda la ciudad, pero la puntualidad no debía ser una de sus virtudes, pensaba.
– ¿Va a estar aquí mucho tiempo? – preguntó el guardia, que ya había pasado por allí un par de veces. Antes de que pudiera contestar, la puerta de la agencia se abrió y una mujer se acercó al coche.
– Siento mucho haberle hecho esperar – se disculpó Amanda. Daniel tuvo oportunidad de ver un cabello oscuro, liso y brillante, un par de ojos grises y una sonrisa por la que se hubiera hecho perdonar hasta el mayor de los pecados-. Me he liado a última hora.
Su voz era suave y un poco ronca y le causaba un extraño efecto. Cuando Daniel la miró a los ojos, sintió que el suelo se abría peligrosamente bajo sus pies.
A él podía liarlo cuando quisiera, pensaba.
Cuando le abrió la puerta del coche, el efecto mareante de aquella mujer aumentó al ver un par de piernas envueltas en medias de seda negra bajo una falda que apenas asomaba por debajo de la chaqueta gris, unas piernas que se extendían casi hasta el infinito, gracias a los zapatos de tacón alto. El policía se fijó también y le sonrió como diciendo: «menuda suerte».
Daniel se aclaró la garganta.
