
Todo ello constituye, a mi parecer, una violación seria de las reglas del periodismo. Yo soy periodista, un reportero diario. Mi trabajo, tal como yo lo percibo, consiste en consignar y dar fe de lo que las personas me cuentan. Intento reservar mis brillantes intuiciones y percepciones para la hora de las copas, momento en el que puedo impresionar a los miembros del sexo opuesto con mis comentarios profundos y mi sensibilidad. No obstante, escribir un libro difiere mucho de escribir una noticia. Un libro debe tratar sobre algo y dondequiera que me haya desviado de mis métodos habituales de informador (dondequiera que haya jugado con la verdad estricta) siempre ha sido en función de lo que yo creo que el libro trata y de lo que no.
En primer lugar, el libro no gira en torno a la «cuestión» de la pena de muerte. Mi opinión al respecto -y sobre el concepto de «cuestiones» en general- queda manifiesta de forma clara al principio del texto, así que no la repetiré de nuevo aquí. Baste decir que dejo el tema en toda su amplitud a aquellos escritores que han dejado de impresionar al sexo opuesto y a los que todavía les quedan intuiciones brillantes.
En segundo lugar, este libro tampoco examina la ley. Los entresijos legales del caso Frank Beachum se describen con detalle en los dos libros escritos por los abogados implicados. The Jaws of Death (Las fauces de la muerte) de Tom Weiss y Hubert Tryon ofrece una descripción apasionada de los esfuerzos de los autores para llevar a cabo la defensa.
