– No tienes ni que preguntarlo. ¿Quieres que te lleve algo?

– No, nada, pero gracias. ¿Y Evan?

– En la consulta. Tenía que mirar unas radiografías, pero volverá pronto. Ve al estudio y ponte cómoda en el sofá.

– Gracias, Phyllis, eres maravillosa conmigo.

– Eres como la hija que nunca he tenido. Soy yo la que te da las gracias.

Heather la abrazó intentando no llorar y se dirigió al estudio. Se sentía tan cómoda en casa de los Dorney como en su propia casa. Entró en la estancia llena de libros donde tantas veces había ensayado y se quitó las sandalias de tacón alto. Colocó un cojín en un extremo del sofá, se tumbó y cerró los ojos.

Siempre estaba cansada tras un concierto, pero era la confusión mental y emocional lo que la hacía sentir como si el cuerpo le pesara mil kilos.

Raúl abrió las puertas del estudio en busca del periódico y se encontró con Heather Sanders tumbada en el sofá de terciopelo verde todavía vestida con el vestido negro. El vivo retrato de la Bella Durmiente…

Se despertó y se quedó mirándolo sin decir nada. Debía de estar profundamente dormida.

Estaba a cierta distancia de ella, pero quedó fascinado por aquellos electrizantes ojos azules que 10 miraban entre unas pestañas largas y negras.

Los lagos de los Andes eran de ese azul. Raúl había acampado muchas veces a sus orillas, anonadado por la tonalidad de sus profundidades. El color de esos ojos, combinado con su aspecto rubio del norte de Europa, dejó a Raúl sin aliento.

– ¿Señorita Sanders? No sabía que estuviera aquí. Si lo llego a saber, no la habría molestado.

La vio ruborizarse mientras se sentaba y se levantaba. Tenía la marca de la mano sobre la que había recostado la cara en una de las mejillas, como una niña pequeña.

Sin embargo, las curvas que se adivinaban bajo el precioso vestido eran las de toda una mujer.



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