– No sabía que estaba usted aquí -dijo ella.

Phy1lis no le había dicho que el doctor Cárdenas estaba en Salt Lake. ¿Por qué?-. Mi padre me dejó aquí antes de irse al hospital y decidí tumbarme un ratito -continuó mirando el reloj-. No me puedo creer que sea casi la una.

– No me extraña que esté usted cansada después de lo de esta noche -dijo él fijándose de nuevo en la blancura dorada de su pelo. En el auditorio no había podido verla en todo su esplendor.

Se dio cuenta con cierto disgusto de que estaba merodeando en busca de algo que leer porque no había dejado de pensar en ella desde que la había visto subir al escenario.

No podía dejar de mirarla. No pensó que la estaba incomodando. Sintió un loco deseo de besarle el cuello.

Heather estaba en desventaja, pues descalza, no podía ocultar la desazón ante su escrutinio. Aquella reacción le gustó.

Durante el concierto, se veía que controlaba la situación. Raúl se alegró de haberla pillado con la guardia baja. Sonrió y le acercó sus zapatos.

– Sus zapatos, señorita Sanders. Póngaselos si así se siente menos vulnerable. Sin embargo, si quiere mi opinión, le diré que me gusta tal y como está.

Se puso roja como un tomate.

– Gracias, doctor Cárdenas -contestó agarrando las sandalias. Con mucha dignidad, se las puso.

– De nada.

Raúl volvió a sonreír al percibir que Heather se moría por atusarse el pelo y ponerse bien el vestido, esas pequeñas cosas que las mujeres hacían para sentirse mejor.

Sin embargo, no lo hizo. No le iba a dar la satisfacción. Aquella chispa de desafío lo intrigó.

– Como parece que nos conocernos aunque no nos han presentado oficialmente, ¿qué te parece si nos tuteamos, Heather? -preguntó Raúl con voz sedosa.

Ella levantó el mentón.

– Dado que llevas más de diez años sin aparecer por Salt Lake y que, probablemente, no volverás no veo por qué no.

La conversación había tomado una dirección extraña.



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