– Cariño.

Su voz la sacó de sus pensamientos.

– Lo sé. Tienes que ver a un paciente.

– Lo siento. Espero no tardar mucho. Ya has oído a Phyllis. Dijo que pasáramos por su casa, así que te voy a dejar allí y luego te paso a buscar. No quiero que estés sola después de la maravillosa interpretación de esta noche.

Heather no sabía lo que quería.

– Menos mal que me he quedado en un lateral del escenario -continuó sin darse cuenta de su angustia-. Así he podido llorar a gusto. Soy el padre más orgulloso del planeta. Había mucha gente importante en el auditorio. Todos hablaban bien de ti. Les podría haber dicho que eres tan buena hija como pianista.

– El sentimiento es mutuo, papá. No sabes la suerte que he tenido de ser hija tuya y de mamá. Me habéis dado una vida maravillosa -dijo con voz temblorosa.

John le acarició la mano.

– Cariño… lo dices como si todo se hubiera acabado cuando no ha hecho más que comenzar. Supongo que será el cansancio lo que te hace hablar así.

Tal vez.

«Tal vez sea eso».

Necesitaba dormir y descansar.

La tensión de tocar en su ciudad natal había pasado. Probablemente, se le pasaría la ansiedad.

– ¿Heather?

– Sí, papá, tienes razón. Estoy cansada.

– Dile a Phyllis que quieres echarte un rato y poner los pies en alto.

– Eso suena divino.

Unos minutos después, entraban en casa de los Dorney. Heather se inclinó para besar a su padre.

– Date prisa.

– Cuenta con ello.

Heather salió del coche y Phyllis ya la estaba esperando con la puerta abierta.

– Vaya! -exclamó al ver que John se iba.

– Ha dicho que no tardará.

– ¿Cuántas veces habremos oído lo mismo?

Ambas mujeres se sonrieron comprendiéndose perfectamente y Phyllis cerró la puerta.

– ¿Qué quiere hacer la mejor concertista del mundo?

– ¿Te importaría mucho que me tumbara un rato? Phyllis la miró preocupada.



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