– ¿Son imaginaciones mías o lo ha dicho por algo personal?

Heather se sonrojó y bajó la mirada.

– Lo siento. He sido una grosera -contestó tomando aire-. Es que supongo que Evan está tan feliz de tu visita que va a sufrir mucho cuando te vayas. Cuando volvía de pasar las vacaciones contigo, lo pasaba muy mal.

Su sinceridad lo emocionó.

– Siento haber tardado tanto en venir. Supongo que mi aparente indiferencia hacia los Dorney me ha condenado. Sin embargo, te aseguro que, si no fuera porque tengo un paciente muy grave, no me iría de aquí ahora por nada del mundo.

De nuevo, no pudo evitar mirarla descaradamente.

Heather negó con la cabeza.

– No es asunto mío. Lo importante es que has venido y Evan se sentirá un hombre nuevo.

– No te entiendo -comentó él con el ceño fruncido.

– Yo tampoco sé si lo entiendo muy bien -sonrió con tristeza-, pero por razones que solo él sabe, Evan siempre ha querido que vivieras en Salt Lake, que trabajaras con él -dijo mordiéndose el labio. Aquello hizo que Raúl se fijara en aquella boca que ansiaba tanto besar-. Quería ser como un padre para ti y lo desgarró el hecho de que eligieras volver a Suramérica.

Raúl se quedó estupefacto ante su sinceridad y se frotó la nuca.

– Gracias por hacerme ver lo que me quiere. Te aseguro que yo siento lo mismo por él, pero no podía dar la espalda a mis tíos, que me han criado desde que mis padres murieron en un terremoto.

– Qué horror.

– Sí, La verdad es que lo fue. Sin embargo, me sirvió para darme cuenta de que mi país necesitaba médicos. No había suficientes para hacerse cargo de todos los heridos. Entonces, decidí ser médico para ayudar. Por eso no pude aceptar la oferta de Evan, aunque era lo que más deseaba.

Heather lo miró con una intensidad que lo sorprendió.

– No eres como yo me esperaba -le espetó sin poder evitarlo.



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