Capítulo Dos

Tú sí que me has pillado por sorpresa -le contestó Raúl. Su aparición en su vida, perfectamente planeada, lo había dejado conmocionado-. Te merecías ganar el Bacchauer. Yo te habría votado ya solo por la fuerza con la que interpretas a Rachmaninoff.

– Gracias -sonrió ella.

«Dios». Su encanto lo envolvió como un manto invisible con tanta fuerza que no se lo podía quitar.

– Es una obra difícil. Mi madre fue la primera profesora que tuve. Me dijo que, cuando fuera capaz de ejecutarla bien, estaría preparada para ganarme la vida como concertista de piano.

Raúl asintió.

– Tenía razón. Un aficionado no debería tocarla. Te diré que es una de mis piezas favoritas. No sé si te ofenderá saberlo, pero cuando te vi salir al escenario no creí que fuera a oír el un genio.

– No soy un genio, pero me alegro de que te gustara el concierto. Veo que te gusta la música. ¿Tocas?

– Solo aprendí lo básico hace tiempo. Prefiero sentarme y escuchar a los expertos. Tu actuación de hoy ha sido impresionante. Podría pasarme horas oyéndote.

«Podría pasarme horas haciendo otras cosas contigo».

– Eres muy amable -le dijo con un brillo extraño en los ojos-. Yo también tengo algo que confesarte. Cuando me dijiste que estabas entre el público esta noche, supuse que fue por quedar bien con Evan y Phyllis.

– Menos mal que no lo sabes todo sobre mí todavía. Una vez me dijeron que no tenía corazón y quizá sea cierto, pero, sea lo que sea que late ahí dentro, ha reaccionado ante tu música. Dicen que la música amansa a las fieras.

– Yo no te he llamado fiera.

– Si te dijera las cosas que he pensado sobre ti desde que te visto, me lo llamarías.

– No te entiendo -dijo ella confusa.

– Es mi forma de decirte que me siento atraído por ti. Para ser sinceros, atraído es decir poco. Más bien, es mi manera de decirte que podría llevarte a un paraíso solitario y hacerte el amor durante semanas.



13 из 99