
No se ruborizó. Más bien, al contrario. Se giró sin decir nada. Al sentir que se iba a ir, asustada ante el depredador, Raúl fue tras ella y le puso las manos sobre los hombros.
Estaba temblando.
– Te he asustado, Heather. Lo siento.
– No, no lo sientes -murmuró tras un largo silencio.
Ante su candor, Raúl tomó aire.
– Tienes razón. No lo siento -dijo. En lugar de agarrarla de la cintura y atraerla hacia sí, le quitó las manos de encima-. Aunque no me creas, nunca le había dicho esto a nadie. Ni en la primera cita ni en cualquier otro momento -añadió pasándose la mano por el pelo-. Parece que esta noche estamos siendo los dos de lo más sinceros.
Aquel comentario hizo que Heather se diera la vuelta. La expresión de sorpresa que vio en su rostro le confirmó que ella se había dado cuenta, como él, de la fuerte química que había entre ellos.
– ¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
– Dos días. ¿Cuándo te vuelves a Nueva York?
Heather se quitó un mechón de pelo de la mejilla.
– Mañana al mediodía.
– No lo podríamos tener peor.
Se miraron a los ojos. Heather no hizo amago de hacer como que no lo había entendido.
– ¿ Vuelves a Argentina?
– Sí.
– ¿A la selva?
– Vivo allí y tengo un pequeño hospital a mi cargo.
– ¿Naciste allí?
– No, en Buenos Aires.
– ¿Cómo es?
– Es horriblemente sucio, hace mucho calor y mucha humedad.
– Pero te encanta -murmuró ella.
Él asintió.
– Como a ti te encanta el piano.
– No es lo mismo -contestó ella apretando un poco los dientes.
– Sí. La música es tu vida y la selva, la mía. Raúl se quedó sin saber su respuesta porque apareció Evan.
– Parece que ya os conocéis -dijo mirando primero a Raúl y luego a Heather-. Tu padre acaba de llegar y Phyllis me ha dicho que te diga que tienes algo para comer esperándote en el comedor.
