
– Me alegro de que haya vuelto. Vaya ayudar a Phyllis -dijo Heather saliendo a toda prisa. Raúl siguió a Evan fuera del estudio, pero sus ojos siguieron la figura de Heather.
En el vestíbulo, Evan le presentó al padre de Heather. Nada más verlo, Raúl se dio cuenta de que John Sanders le había transmitido a su hija su belleza y sus rasgos. Lo del talento musical parecía que había sido cosa de su madre.
Los tres hombres pasaron a la cocina. Phyllis había preparado un festín de ensaladas, fiambres y pan francés. Evan les indicó a todos que se sentaran. Al poco rato, se estaban sirviendo la exquisita comida.
– ¿Qué planes tienes cuando vuelvas a Nueva York? -preguntó Raúl a Heather mirándola mientras se bebía el café.
– Tiene una gira -contestó John.
– Phyllis miró a Raúl.
– Es una pena que no pueda quedarse un poco más para disfrutar del estupendo piano de cola que le han dado como premio.
– Qué regalo tan bueno.
– Me temo que no voy a poder tocarlo en un tiempo -contestó Heather dejando el tenedor en la mesa.
Su padre frunció el ceño.
– ¿Por qué? He pensado hacer que te lo lleven a Nueva York.
– Prefiero dejarlo en casa.
– Tonterías.
– Papá, ya te he dicho que te lo regalo por todo lo que mamá y tú habéis hecho por mí. El Knabe que tengo en Nueva York me sirve. ¿No te acuerdas de que me voy a quedar en la casa de verano de Franz para ensayar antes de la gira?
– ¿ Quién es Franz? -preguntó Raúl llevado por un irracional asco hacia todo hombre que pudiera tener una relación con ella.
– Mi profesor.
– ¿Dónde vive?
– En Viena. Me voy la próxima semana.
Ante la necesidad de hacer algo para calmarse, Raúl tomó otro trozo de pan.
– Franz se ha encargado de organizar su gira -dijo John con orgullo-. Hasta ahora, tiene contratado Londres, Bruselas, París, Roma…
– Bueno, Roma todavía no está confirmado -intervino Heather levantándose de la mesa-. Ahora vuelvo -añadió yendo a la cocina. En cuanto se fue, John miró a Phyllis extrañado.
